Ser o no ser

Hamlet, incapaz de soportar la muerte de su padre y la hipocresia de su madre y su tio que, sin respetar el duelo, contraen matrimonio a los pocos meses, comienza a volverse loco.

Los espectadores de la obra - o los lectores- sabemos que su locura no es tal; la sospecha de que la muerte de su padre no ha sido provocada por una enfermedad o accidente, sino que ha sido un vil asesinato, tiene fundamento.

 

Hamlet esta solo con su sospecha, que se le aparece constantemente en forma de alucinaciones reveladoras.

 

 

Existen dos síndromes neurológicos-psiquiatricos muy curiosos.

 

Uno de ellos es el síndrome de Cotard. El otro el de Capgas.

 

Ambos pueden aparecer depués de lesiones neurológicas localizadas aunque lo normal es que encontrarlos en cuadros depresivos graves o en la esquizofrenia.

 

En el síndrome de Cotard, la persona, en contra de toda evidencia -come, bebe, va al médico-, se cree muerta. De nada le sirven las pruebas en contra, es una convicción.

 

Cuando este síntoma no es consecuencia de una lesión neurológica sino de un trastorno mental, el cerebro puede mostrar el mismo patrón de actividad que observaríamos en una persona en coma.

 

En el síndrome de Capgas los afectados creen estar rodeados de impostores o dobles que se hacen pasar por familiares. Estos- a pesar de ser exactamente iguales que los originales, hablar igual y comportarse del mismo modo- son falsos.

Tampoco aquí parece haber argumentos para convencer a la persona de su error.

 

En este síndrome el correlato cerbral parece ser una desconexión entre la corteza visual y la emotiva.

 

 

Algunos neurólogos ven en estos síndromes la prueba de la primacidad de los sentimientos sobre la razón; ante la duda el sentimiento vence, y no solo la razón, sino incluso los sentidos sucumben.

 

Nos fiamos más de nuestro sentimiento que de nuestros ojos.

 

Ellos se sienten muertos o rodeados de impostores.

 

A Hamlet le ocurre lo mismo. El siente, intuye, que ha ocurrido algo terrible, pero carece de pruebas.

 

El mundo quiere hacerle creer que está equivocado, que lo que siente no es real, que es un melancólico -cuanto menos.

 

Tiene dos soluciones:

 

 

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Comentarios: 1
  • #1

    juan luis (domingo, 30 marzo 2014 15:07)

    La mayor discrepancia que se puede dar entre lo que ven los ojos y lo que siente el corazón es el del amor mundano, ese que dicen que es "ciego". En ese caso, la depresión, la locura y la guerra son alternativas plausibles.......pero me gustaría añadir que si lo que provoca la discrepancia tiene que ver con el "darse cuenta", tiene que ver con la "locura transitoria del que percibe que el guión que interpreta no es el suyo, y ni siquiera es el humano ", en ese caso, me atrevo a decir -sin poderlo constatar- que hay una forma exquisita de Amor que te permite trascender dicha situación. Mas pillao aburrido Geo.