La niña sin yo

Cuando Freud desarrolló su teoría del inconsciente tuvo una brillante asociación, que a la vez fue, en mi opinión, su mejor homenaje a sí mismo.

 

La idea era que con su teoría Freud asestaba a la humanidad una -tercera- ofensa.

 

¿Cuáles serían estas ofensas?:

  • Primera ofensa, Siglo XV, Copernico: "Los planetas no giran alrededor de la tierra sino del sol".

         No somos el centro.

 

  • Segunda ofensa, Siglo XIX, Darwin : "El hombre desciende del mono". No somos cualitativamente distintos del resto de los animales.

         No somos especiales.

 

 

Y por último (aunque ya se atisban las que están por venir; inteligencia artificial, sustitución del hombre por las máquinas etc...) la suya propia:

 

  • Tercera ofensa, Siglo XX, Freud:  No tenemos acceso a gran parte de nuestra vida intrapsíquica; esta permanece inconsciente. "El yo no es dueño en su propia casa".

        No somos dueños de nuestros actos.

 

Esta tercera humillación vuelve a estar de moda. Los neurocientificos han puesto en duda la existencia de un yo que toma decisiones; ellos lo llaman libre albedrío. Libet creyó demostrar con sus experimentos de toma de decisiones que el cerebro decidía unos segundos antes de que el sujeto fuese consciente de ello. Esto le llevo a dudar del libre albedrio.

 

Freud en este aspecto no fue tan lejos pues no negó la existencia del yo; se conformó con relegarlo a un segundo plano. Los neurocientíficos actuales, al creerse respaldados por una compleja aparatesca, son más radicales.

 

No cabe duda que estas ofensas, aparte de humillarnos nos han abierto -desde el punto de vista del progreso- los ojos.

Con cada pérdida de inocencia hemos avanzado un poco, pues al aceptarla -o al menos considerarla-  se nos ha abierto un campo de investigación que antes no existía -o no veíamos al no encajar en el paradigma vigente.

 

Antes de estas ofensas vivíamos en un estado de inocencia que a la vez era una especie de anestesia intelectual y además -para bien y para mal- limitaba nuestra capacidad de acción, nuestra libertad.

 

 

Hoy en día casi todo el mundo tiene nociones de la división de la mente que hizo Freud; YO, ELLO y SUPERYO. Simplificando:

 

  • ELLO: lo instintivo, animal y en gran parte inconsciente
  • SUPERYO: la conciencia, los valores, los principios
  • YO: la instancia encargada de encontrar un equilibrio entre ambos y gestionar

 

 

Lo revolucionario de la teoría psicodinámica de Freud fue el poder que otorgó al ELLO en una época que parecia dominada por un potente y cotidiano SUPERYO.

Y además afirmó que lo desconocido en nosotros no sólo es vasto sino que además guía nuestra conducta, pues al no conocerlo no podemos dominarlo.

 

Resumiendo; somos en gran parte animales (segunda ofensa) y como tales nos comportamos la mayor parte del tiempo.

 

Los neuropsicólogos estudiamos las funciones cognitivas e intentamos buscarles un correlato en el cerebro.

 

Uno de los conceptos más nuevos en esta, también joven, disciplina es el de las llamadas funciones ejecutivas.

 

Aunque las raices del término van más allá en la historia, fue el científico Donald Broadbent -en los años 50- uno de los primeros que distinguió entre procesos automáticos y procesos controlados. Posner propuso el término ejecutivo para designar la capacidad de seleccionar aspectos de la realidad y focalizarlos, inhibiendo a la vez otros aspectos.

 

Las funciones ejecutivas son aquellos procesos congnitivos que regulan, controlan y gestionan otros procesos; la capacidad de planificar, la memoria de trabajo, la atención, la capacidad de resolver problemas, el razonamiento verbal, la capacidad de inhibir, la flexibilidad mental o el rezonamiento verbal son ejemplos de funciones ejecutivas.

 

Y eso sería más o menos el YO de Freud y el libre albedrío que los neurocientíficos ponen en duda.

Muchas enfermedades mentales y neurológicas se caracterizan por una alteración de las funciones ejecutivas.  Así por ejemplo, en los estadios avanzados de la demencia, el afectado no sólo sufre perdidas graves de memoria, sino que su completa personalidad parece ir desintegrándose. En las últimas etapas la persona depende completamente de sus parientes y es incapaz de gestionar su vida.

 

Pero, dejando a un lado las patologías, ¿cuándo y cómo se desarrolla algo así como un yo, unas funciones ejecutivas?

 

Los bebés nacen sin yo o con uno muy rudimentario. Son esclavos de sus necesidades y esta bien que así sea; si no se morirían. Para que el "yo" se desarrolle el cerebro tiene que tener la posibilidad de aprender algo muy importante: que tiene influencia en su entorno. Que es capaz de causar algo, que es la causa de algo, que provoca algo, valgan las redundancias.

 

Si esto no es así y la experiencia es la contraria, o sea que por mucho que chille, llore o patalee su madre no lo tranquiliza ni calma su hambre, el cerebro del niño tambien aprende algo; el mundo funciona con independencia de lo que él haga.

No hay influencia posible. El no es actor. (Seligman lo llamo la indefensión aprendida).

 

Una vez conocí a una niña sin yo. 

 

Cuando nació, su madre fue ingresada en una clínica por una psicosis de la que nunca se recuperaría. El padre, que debía ocuparse de ella, estaba más ocupado en otros asuntos. De vez en cuando lo pillaban en alguna pequeña acción criminal y acababa en la cárcel. Entonces la niña pasaba a manos de una familia de acogida hasta que el padre salía de la carcel y volvía a "ocuparse" de ella. Con dos años y medió, finalmente, pasó a una familia de acogida con la que vivió hasta que yo la conocí, a los 15 años.

Paula* era distinta a primera vista, físicamente su aspecto se correspondia con el de su edad -incluso parecía mayor- pero su expresión y por supuesto su comportamiento eran los de alguien muchísimo más joven.

Ella siempre había ido a un colegio para deficientes mentales y aquí, más o menos, estaba integrada.

Un día al psicólogo del centro se le ocurrió pasarle un test de inteligencia y de pronto se armó un escándalo pues según el test la niña no era deficiente mental, solamente tenía dificultades de aprendizaje.

 

Conclusión: Inclusión; se solicitó inmediatamente y pasando por encima de las dudas de la madre su ingreso en un colegio para niños con un CI similar al suyo.

Paula comenzó su nueva escolarización con 14 años y fue una catástrofe. Los otros niños -sensibles como suelen ser- se dieron cuenta enseguida de que tenía algo raro y comenzaron a torturarla - la usaban de mula de carga, se reían de ella, le pegaban y la insultaban.

Paula sufría en silencio todas las humillaciones y desempeñaba resignada todas las tareas que estos le exigían.

Al final la situación se hizo tan insostenible que la madre pidió su regreso al colegio para deficientes mentales.

 

Para justificar su decisión la presentó en nuestra clínica.

 

*nombre falso

Efectivamente Paula presentaba un perfil neuropsicológico poco común. Su coeficiente intelectual era el de una niña con trastornos de aprendizaje, pero había otras particularidades que llamaban la atención. Por ejemplo no sentía dolor -para saber si algo dolía o no tenía que preguntar a un adulto, y dependiendo de su respuesta ya reaccionaba (los niños pequeños se comportan así). Su memoria espacial en los tests era excelente, sin embargo, en la práctica, era incapaz de llegar de A a B, además si por el camino alguien le decía que le acompañase, ella lo hacía sin rechistar, pues, como luego se justificaba ante su madre: él lo ha dicho. Si era bueno o peligroso para ella no importaba. Ella obedecía órdenes. No era capaz de contestar a ninguna de las preguntas a cerca de su vida interior o sentimientos. Y el saber que acumulaba era una especie de saber inerte.

En el día a día dependía de su madre para las funciones más básicas.

Además, y esto es muy simbólico, nunca se miraba en el espejo.

Una niña sin yo.

Viendo este caso extremo me reafirmo en la creencia de que sí existe un yo, sí existen las funciones ejecutivas y sí existe un libre albedrío. Y que también existe gente que no lo ha podido desarrollar suficientemente.

 

Paula volvió a su colegio para niños con retraso mental (allí se sentía integrada) con otra experiencia traumática más a sus espaldas. Su inteligencia no le servía mucho en el día a día. Dependía de un adulto que la protegiese, y para más tragedia, esto iba a ser así seguramente el resto de su vida.

 

El cerebro no es eternamente plástico y hay funciones -como el lenguaje, la vista- que si no se desarrollan mínimamente en la infancia nunca podrán desarrollarse normalmente.

 

El YO también es una de ellas.

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Comentarios: 1
  • #1

    Ramón (martes, 03 septiembre 2013 21:17)

    Muchos interesantes temas plantea tu escrito. Intentaré recuperar un interesante artículo sobre el tema del yo y espero poder comentarlo personalmente contigo.
    El tema de la conciencia, la responsabilidad personal por la toma de decisiones y la libertad real para ello, son nucleares para la filosofía, psicología, derecho, etc., y además un reto para la neuropsicología. ¡Casi nada! El relato de la chica rebautizada como Paula me ha recordado la película de Truffaut (The child)
    Me gustaría comentar la afirmación "pues al no conocerlo no podemos dominarlo" y relacionarlo, además de con el tema de la responsabilidad sobre nuestras acciones, con la potencialidad que presenta el método de la "REDUCCIÓN de problemas" frente al de "solución total"