Culpable

Todo el mundo conoce en mayor o menor medida los sentimientos de culpabilidad. A veces aparecen, como la voz de la conciencia, después de haber hecho algo mal. Otras veces sentimos culpa aun sabiendo -racionalmente- que no tendriamos porqué.

 

En la iglesia católica existe el concepto de pecado original que se cura, por suerte, con el bautismo.

 

Siempre me costó entender como es posible que un recién nacido sea culpable pero ultimamente me inclino a pensar que, efectivamente, el ser humano nace con un pecado original: el que le legan sus antepasados.

 

Hay culpas que comparte toda una generación, por ejemplo la de los crímenes nazis, con la que cargan los alemanes.

 

 

No todas las culpas -irracionales- con las que cargamos proviene de una falta cometida por algún antepasado.

 

Hay culpas de las que tenemos conciencia. Otras son inasibles; solo nos legaron el sentimiento pero no conocemos el porqué. Estas son especialmente dañinas.

 

Especialmente aniquiladora es la culpa por no haber podido ofrecerles a nuestros padres la vida que se merecieron, no haber podido hacerles felices o siquiera dibujar una sonrisa en el rostro de la madre.

 

De esta culpa no nos libra ni la confesión ni el bautizo.

 

 

Pero la peor de las culpas puede que sea la que precede al castigo. La culpa del niño que piensa que si es castigado de ese modo es que algo habrá hecho.

Los alemanes son especialistas en reinterpretar los títulos. A veces aciertan. "Crimen y castigo", por ejemplo, se llamó aquí hasta hace muy poco "Culpa y expiación".

 

Puede que sea esa tendencia tan alemana a no quedarse en la superficie, pero en este caso acertaron; la novela no habla de crimen ni de castigo, sino de sus análogos psicológicos. De la culpa y de como librarse de ella.

 

Y es que toda culpa exige expiación. En ocasiones el castigo nos libra de ella.

 

En la iglesia católica nos castigan a rezar pero en la vida real rezar no basta.

 

 

 

Hay muchas formas de castigarse. Un clásico es boicotear -inconscientemente, se sobrenetiende- nuestros propios deseos o planes.

 

Otro castigo típico es el físico. Tomemos a la protagonista de Ninfomaniac. Aparentemente lo tiene todo; un hijo un marido...Pero ella necesita otra cosa; que la maltraten. Lo necesita para sentir.

 

Quizás el placer que sentimos al maltratarnos o dejar que nos maltraten emana de la congruencia entre nuestro sentimiento de culpa y la sensación de estar recibiendo nuestro merecido.

 

Cualquier cosa antes que seguir cargando con esa incomoda maleta.

 

Pero el alivio es pasajero y el castigo se acaba convirtiendo en una droga.

 

El ser humano prefiere sufrir a aburrirse, me decía el otro día alguien. Y es que el aburrimiento vital es la espera insoportable de algo que se nos va antojando peor conforme pasa el tiempo. Quizá ese castigo será tan fuerte que nos librará para siempre y por completo de culpa. Pero a ese algo le tememos como a la muerte.

 

Y es que hace falta mucho aburrimiento -o mucho valor- para sentarse, como Estragon o Vladimir*, y esperar.

 

*Esperando a Godot

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