Encarnación

El otro día alguién me contó que el día que llevó por primera vez a su hija a la guardería tuvo su primer -y único- ataque de pánico.

Aunque no podría decir con certeza qué fue lo que desató su miedo, tuvo la intuición de que el olor del lugar, las caras de las educadoras y la atmosfera tuvieron algo que ver.

 

Este ataque le sirvió para tomar una decisión; no llevaría a su hija a ese lugar. 

 

Me contaba esa chica que ella estuvo interna -de lunes a viernes - en una guardería desde los pocos meses (en aquella época las madres volvían muy pronto al trabajo despues de dar a luz) hasta los seis años y no guarda ningún recuerdo de esa época.

 

Por aquel entonces se enseñaba a los niños a no llorar ignorando su llanto. Este método es efectivo pero tiene un efecto secundario devastador; la indefensión aprendida. A la vez que el niño va aprendiendo a no llorar aprende que llorar no sirve de nada. Y llorar en esos años es una de las pocas herramientas que tenemos.

 

Mi amiga no guarda ningún recuerdo de esa época, pero parece ser que su cuerpo si.

 

Tendemos a identificar la memoria con los recuerdos conscientes pero estos son sólo una parte de ella; la memoria episódica, racional, autobiográfica, explicita o declarativa. La memoria declarativa es consicente y verbal y parece estar estrechamente relacionada con una estructura que se encuentra en el interior del lóbulo temporal, el hipocampo. El código de este tipo de memoria es el lenguaje. Para que podamos formar recuerdos de este tipo es importante saber hablar.

 

Sin lenguaje no hay historia.

 

Pero este tipo de memoria no es el único ni el más importante.

 

Existe otro tipo de memoria, implicita, emocional, no verbal, procedimental o automática que no está tan directamente relacionada con una capacidad, una estructura cerebral ni un único canal. Este tipo de memoria guarda recuerdos de una época anterior al lenguaje. La memoria implicita o emocional es más potente, menos efímera y su influencia en nuestra vida es mucho más importante de lo que hasta ahora se creía.

 

(Aún hay otra memoria, la filogenética, la de la especie pero esa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión).

La memoria implícita está encarnada, es decir, los sensores que la activan se  encuentran repartidos por todo nuestro cuerpo. Es susceptible de ser activada por un olor, una comida, una mirada, un ambiente, un sonido, un movimiento, una persona concreta, una cara, una expresión, una situación, una canción.... Es la de la magdalena de Proust y también la de los soldados que vuelven traumatizados de la guerra (y no pueden desprenderse de ella).

 

Es esta la que explica el ataque de pánico de mi amiga.

 

Y es que tu no eres tu cerebro. Esto, aunque esto parezca una obviedad, no lo es. La neurociencia dominane tiende a identificar persona con cerebro. Pero una persona no es reducible al cerebro, somos -no solo tenemos- también nuestro cuerpo y somos las huellas que la vida ha ido grabando en él.

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