Divagación

Hace unos meses se publicó un estudio en la revista Science según el cual las personas tendriamos tanto miedo a quedarnos a solas con nuestros pensamientos que preferiríamos hacer cualquier cosa, aunque fuese autolesionarnos (en el estudio en forma de descarga eléctrica) antes que enfrentarnos a nuestra mente.


Preferimos una descarga eléctrica antes que pensar. Pensar en nosotros y nuestras vidas.


De hecho las descargas eléctricas siguen constituyendo un tratamiento para las depresiones graves. Cuando el médico ya no sabe que hacer (y a falta de tiempo para hablar).


No me parece descabellado pensar que cierto tipo de ataque epiléptico sea provocado por el cuerpo como defensa ante un miedo existencial apremiante. Objetivo: dejar de pensar.  Y es que aunque no parezca lógico -la realidad rara vez lo es-  no todas las personas que sufren ataques epilepticos y tiene la suerte de librarse de ellos se sienten mejor. Algunas personas se deprimen. Quizás la falta de esos ataques los obliguen a pensar en otra cosa.


Tambien las enfermedades nos libran de pensar.


Hay un problema: la mente no para. Y hay también una solución (rápida): la podemos llenar de tonterias, de ruido de fondo, para que al menos no piense nada incómodo o transcendente, nada capaz de llevarnos a cuestionar aquello que preferimos dar por sentado.


Hoy en día, y gracias a las nuevas tecnologias, no hay porque preocuparse; es posible estar todo el día ocupado sin pensar en nada, o no pensando más de 4 minutos seguidos en algo concreto. Pero esto no es nuevo, hace ya años que la televisión se encarga de dictarnos que pensar, que desear etc..

Hace poco leí un reportaje en una revista. Hablaba de un joven emprendedor que un día cayó en la cuenta de que estaba peligrosamente enganchado a su móvil: éste se había convertido en una prolongación de su personalidad que amenazaba con tomar el poder y sustituir a su corteza prefrontal, esa zona del cerebro donde se alojan las llamadas "funciones ejecutivas". Decidió cortar por lo sano y además, quiso ayudar a otros como él. Se le ocurrió ofrecer convivencias de abstinencia tecnológica. Fué un fracaso... la mayoría de los participantes abandonaron el seminario decepcionados. Aburridos y enfadados. No se sabe muy bien si con ellos mismos o con el idiota que les convenció de tamaña barbaridad.


Y es que después de tantos años de dejar que nos entretengan puede que ya no seamos capaces de hacerlo por nuestra cuenta. Podría llegar un momento en el que las personas de carne y hueso nos aburran (y nos cabreen).


Y es que - no sabemos muy bien porqué- pero habiamos llegado a creer que les interesabamos de verdad!!

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