La comunicación

En nuestra época, en la que al parecer todo nos entra por los ojos, hemos relegado el olfato, el sentido más primitivo, a un segundo plano.

Y sin embargo en el día a día seguramente sea el mal olor una de las cosas que más rechazo nos provoque. Prueba de ello es nuestro empeño por eliminar cualquier vestigio de olor corporal de nuestro cuerpo.

Y cuando alguien huele, lo sentimos casi como una ataque a nuestra persona, una agresión.

Y como solemos hacer con todo lo que nos molesta tambien el mal olor ha encontrado su lugar en el CIE y el DSM - las biblias diagnósticas- de forma que lo que antes era un incordio común, el mal aliento, ahora es una enfermedad, R19.6 Halitosis, con su correspondiente tratamiento.

 

El metro de Berlín es un microambiente concentrado en el que uno puede dedicarse a observar a la gente sin miramientos, valga la redundancia. Y además, allí uno se encuentra expuesto a todo tipo de olores, con pocas capacidades de evasión.

 

Los berlineses están acostumbrados a muchas excentricidades y las toleran con infinita paciencia -o indiferencia absoluta- pero a partir de cierta intensidad de olor el nerviosismo es evidente.

 

Cuando un pobre -me gusta esta palabra por explícita- de esta calaña aparece en el vagón en que viajamos, además de llevarse el dedo a la nariz, la gente comienza a mirarse atónita y la pérdida de miramiento hacia el portador del hedor va haciéndose cada vez más explícita; los mas jóvenes ríen o insultan - a veces los que insultan no son los más jóvenes-, los menos atrevidos se conforman con dedicar miradas de complicidad o comentar con el vecino de asiento que esto es intolerable y los gestos de desprecio, asco e incredulidad se suceden. 

 

Summa summarum aparece un fenómeno que se observa muy a menudo entre humanos: el nosotros vs. ellos, en este caso él. El rechazo al otro por incomprensible o incómodo.

 

Y mientras tanto probablemente él duerma profundamente en su asiento o se pasee por el vagón aparentemente indiferente al efecto que produce.

¿Cómo puede una persona llegar a este extremo de descuido, a esa falta de pudor y vergüenza, de preocupación por el que dirán? ¿en qué momento y porqué deja una persona de preocuparse por la higiene mínima básica para poder vivir integrado en sociedad? y  ¿cómo soporta el rechazo absoluto del otro?

 

¿Cómo llega una persona hasta ese punto de indiferencia - incuria?

 

Incuria: no cuidado, dejar de cuidarse, descuido absoluto, ¿quizás la no-existencia?

 

Y es que ciertamente a los pedigüeños y los mendigos -sobre todo en las grandes ciudades, donde ya de por sí la mayoría vivimos en el anonimato- los acabamos ignorando, pero esta estrategia no nos sirve con los que huelen mal.

¿Será en parte esta impotencia la que provoca nuestro rechazo? ¿O es que estamos de verdad ante una agresión, que percibimos con nuestro sentido más primitivo, y reaccionamos, tambien de forma primitiva, con otra agresión?

Sea como sea el poder del olfato esta subestimado.

Proust, con esa intuición propia de los artistas, supo elevarlo a su lugar correspondiente.

 

Todos habremos tenido alguna vez una experiencia proustiana, experiencia que, en el caso del protagonista de En busca del tiempo perdido, es de carácter gustativo, pero es que el gusto esta subordinado en gran parte al olfato, y esto lo habremos experimentado cuando, a raíz de una congestión nasal, nuestro sabor se ve reducido a los seis sabores básicos, pues los cientos de matices del sabor se deben al olor. 

Proust llamaba a este tipo de memoria - recuerdos personales, evocados por un olor o sabor, normalmente remotos y que, más que recordar, nos hacen revivir experiencias- memoria automática y les atribuía una mayor autenticidad e intensidad que a los recuerdos verbales o visuales, más dados a sufrir distorsiones con el paso del tiempo.

Quizás esta gente -que ha perdido la voz en nuestra sociedad- regreda a formas de comunicación más primitivas, y, de algún modo, más efectivas.

Todo especulaciones.

Escribir comentario

Comentarios: 1
  • #1

    Luis Alfonso (martes, 15 octubre 2013)

    Personalmente, no desprendo olor por que almaceno un armario entero de ropa limpia con la que poder ir tirando. Champús, geles y desodorantes me hacen la corte despues de mi ducha habitual......Si careciera de todo ello, estoy absolutamente convencido de que mi cuerpo sabría cómo transmitir dichas carencias. La pobreza es "no tener".