Duelo

Un conductor de ambulancia, una enfermera, una gimnasta y su entrenador montan una empresa de sustitución de fallecidos; es "Alps”, la pelicula de Giorgos Lanthimos.

 

A Lanthimos le gusta llevar a sus personajes al extremo; en este caso la negación total de una realidad que se nos antoja insoportable.

 

Aunque podría ser que Lanthimos nos ofrezca una nueva estrategia efectiva -aunque macabra-  de cómo llenar el vacío de una persona que se ha ido para siempre. Desde este punto de vista, los personajes que se ofrecen a sustituir a los muertos podrían equipararse a los "objetos transicionales" -peluches, trapitos , etc.- que el niño elige y comienzan sustituyendo a los padres para acabar, en un gesto de autonomía y triunfo del niño, aparcados en un rincón de la casa, ya sin función.

 

 

Cuando hablamos de duelo solemos referirnos a las emociones y pensamientos desagradables (tristeza, desidia, deseo de morir etc.) que corresponden al proceso de adaptación que sigue a la pérdida -irrevocablemente- de un ser querido.

 

Puede que una de las costumbre que más nos caracterizan a los humanos, y que algunos identifican con el comienzo de la civilización, sea la de de enterrar a nuestros muertos.

 

Quizás el sentimiento de "lo sagrado" no sea otra cosa que esto; no podemos dejar a nuestros seres queridos pudriéndose a la intemperie, un sacrilegio tal no es capaz de cometerlo -en época de paz- ni el más ateo o racional de los hombres. 

 

Tradicionalmente, a la muerte le ha seguido un período de duelo -el luto- entierro, velatorio y last but not least una fase más o menos prolongada en la cual los más allegados se vestían de una determinada manera, tradicionalmente de negro, como forma de exteriorizar los sentimientos.

 

Parece ser que el vestirse de luto es una costumbre muy antigua y, a mi entender, cumple al menos dos funciones importantes. La primera es señalizar la pérdida- ¡ojo, aunque no lo veas yo sufro!- y naturalizar las relaciones sociales del afectado, al servir de guía de comportamiento en estas situaciones en las que es tan fácil meter la pata -lo cual todo el mundo intenta evitar.

 

Por otra parte es un emoliente para la persona que lo lleva pues, al exteriorizar el sentimiento, la exime de la farragosa tarea de tener que estar fingiendo sentimientos que no puede tener -todavía- o dando explicaciones constantes sobre su estado de ánimo. 

 

Pero el luto ya no tiene cabida en nuestra sociedad del buen rollo.

 

Y es que el subconsciente colectivo -saber acumulado en forma de ritos, costumbres y tradiciones - es para muchas cuestiones infinitamente más sabio que el individuo. Si uno se lo cuestiona todo y pretende diseñar su vida de forma totalmente autónoma, negando costumbres y tradiciones, corre el peligro de equivocarse fatalmente.

 

(¿Alguna vez han intentado bajar la escalera de forma consciente? Un acto banal puede convertirse en misión imposible, pues intentamos resolver una tarea que depende de nuestra memoria procedimental -inconsciente, automatizada y eficaz- por medio de otro mecanismo, consciente pero absolutamente ineficaz para ello, en este caso la memoria declarativa; pon un pie ahí, ahora levanta la rodilla mientras vas preparando el otro pie.)

 

Lo dicho, el luto tenía una función y sin la ayuda de éste el duelo se complica. Y el duelo complicado -o patológico- es considerado una enfermedad (aunque hoy en día los expertos que participaron en la redacción del DSM-5 sólo conceden una tregua de sufrimiento de dos semanas, a partir de ahí el que sufra o esté abatido y apático tendrá una depresión clínica).

 

Además, para que un sujeto pueda pasar por su proceso privado de luto, es importante que se le reconozca públicamente este derecho, es decir, que se le conceda el derecho a estar triste.

 

Si se le niega este derecho aparece la patología.

 

Cuando el duelo es oprimido o negado reaparece con más fuerza al cabo del tiempo o en una situación inadecuada: rabia contra el mundo o los médicos, evitación de situaciones que nos recuerden al fallecido, y no es infrecuente que acaben apareciendo los síntomas del trastorno por estrés postraumático (flash backs, taquicardias, insomnio crónico, irritabilidad, sensación de desapego o enajenación hacia los demás etc.).

 

Y la amargura como sentimiento vital predominante.

 

Algo parecido pasó en España de la Posguerra y la Transición. Para que la sociedad pudiese vivir en paz se negó el derecho al duelo, primero con una represión directa por parte de los ganadores y después con el "perdón generalizado" a los crímenes de guerra y políticos. Pero si el dolor se curase negándolo no habría tanta gente dedicada profesionalmente a combatirlo.

Con la aprobación de la ley de la memoria histórica reaparecieron los viejos fantasmas que se creían bien enterrados (al menos algunos lo creian así).

 

Los fisiologos han acuñado el término de alodinia para designar el fenómeno de hipersensibilidad al dolor que aparece cuando una herida cura mal.

¿Qué puede ocurrir cuando una herida no cicatriza como es debido?  Pues que a partir de ese momento, estímulos corrientes -que no deberían provocar dolor- como el tacto o el roce, se convierten en fuentes de dolor insoportable, y el sujeto ya no vive sino para evitar el contacto con cualquier objeto.

 

Y es que la biología y la psicología no están tan alejadas como creemos.

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