Las madres helicóptero

Los orígenes del concepto se remontan a la obra Between Parent & Teenager del psicólogo israelí Haim G. Ginott.

 

Lo que caracteriza a las madres (y padres) helicóptero es un estílo educacional marcado por una alta necesidad de control de sus hijos. Esta necesidad suele radicar en un miedo excesivo, unido a la creencia o esperanza de que fuese posible protegerlos de todo. Otra motivación puede ser, ver en el hijo un proyecto de vida, una extensión de uno mismo, una superficie de proyección en la que hacer realidad los sueños frustrados.

 

Sea como sea, los padres helicóptero sobreprotegen a sus hijos.

 

Y sí, los hijos de los padres helicóptero crecerán más seguros; puede que caigan menos a menudo del columpio o que de adolescentes tengan menos accidentes.

 

Por desgracia la sobreprotección es un arma de doble filo y con esos cuidados extras los padres están privando a sus hijos de una experiencia primordial para el desarrollo psíquico: la sensación de capacidad, de ser capaces de resolver los problemas por si mismos.

Recuerdo el caso extremo de una niña de diez años cuya sensación de autocapacidad estaba tan mermada que no era capaz de hacer pácticamente nada sin la ayuda de su madre. Esta la acompañaba a todas partes; en especial al hospital, pues la niña había desarrollado todo tipo de síntomas.

 

Llegó un momento en el que no era capaz de estar sola ni siquiera en su habitación. En el colegio tenia muchos problemas, en especial cuando percibia que la estaban examinando; en esos momentos caia en un estado de estupor y los profesores tenían que llevarla a una habitación aparte, donde permanecia hasta que se recuparaba. A consecuencia de este comportamiento su aprendizaje se había estancado.

 

Todos estos síntomas confirmaban a la madre en su sospecha de que "con su hija pasaba algo grave" de forma que regularmente la llevaba al médico a hacerle todo tipo de revisiones. Los médicos, que tampoco entendían estos síntomas tan diversos, le aplicaban todo tipo de pruebas -cada vez mas agresivas- de forma que iban apareciendo pequeñas anomalias. Estas anomalias que, de forma aislada, no hubiesen tenido ninguna relevancia, pasaban a tenerla porque se iban acumulando.

 

Lo malo era que junto con la sensación de no ser capaz de nada, en la niña se había ido gestando otra convicción: algo grave pasa conmigo.

 

Pánico era el resultado. Ya no podía dormir sola, tenia pesadillas y un miedo atroz a que alguien muriese.

Por las noches comenzó a tener alucinaciones: veía ojos que la observaban por todas partes.

 

Si en ese momento a los padres se les hubiese ocurrido llevarla al psiquiatra puede que un nuevo y fatal diagnóstico se hubiese sumado a los que ya tenía: esquizofrenia.

 

La resistencia del sistema; padres, médicos etc.. a contextualizar los síntomas es enorme. Hoy en día se suelen entender de forma aislada. O se les ve como un fenómeno neurobiológico y punto.

 

Según la psiquiatria actual, una alucinación es la consecuencia de una disfunción del sistema dopaminérgico. La solución es un neuroléptico.

 

Esta resistencia es facilmente explicable: el medicamento no solo tiene efectos positivos (y negativos) inmediatos sino que cumple una función aun más importante; exculpabiliza al sistema. Es el cerebro de la niña el que no funciona, el culpable -o enfermo que a efectos viene a ser o mismo.

 

Pero como decía el neurocientifico Thomas Fuchs: si las enfermedades no significan nada, entonces no hay nada que aprender, ni nada que cambiar, ni nada que hacer.


Tambien como miembros de la sociedad hemos perdido la sensación de capacidad: la delegamos en los médicos.

 

 

Pero como decía uno de los fundadores de la medicina psicosomática "no hay nada físico sin sentido ni nada psíquico sin cuerpo", por desgracia seguimos perdidos en el cerebro.

 

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Comentarios: 1
  • #1

    Benissera (viernes, 19 diciembre 2014 12:59)

    Simply Excellent!!
    muy enriquecedor. Sigue haciéndonos pensar. Es maravilloso!