Los indignados

En Alemania hay elecciones.

 

Este año, además, con la expectación añadida de que ha aparecido un partido que remueve fantasmas del pasado (los más terribles).

 

La gente bien -que solemos ser los que vivimos bien- nos llevamos las manos a la cabeza. ¿Cómo es posible? ¡Alemania! ¡El país más autocrítico!, ¡el único que parecía haber aprendido de los errores del pasado!

 

El nuevo partido, AfD, es sin duda el protagonista del 24S.

 

Pero que en un momento histórico como este aparezca un partido como AfD no es raro ni nuevo (vease EEUU); es decir a AfD se le veía venir, su llegada era algo casi predecible matemáticamente y la fórmula podría ser esta:

 

Masa descontenta + chivo expiatorio visible= mente emprendedora que saca partido a la situación.

 

Quizás lo único que aprendemos de esto es algo que a nivel individual hace tiempo que sabiamos, pero a nivel general quizás no estaba tan claro: que no basta hablar del pasado para superarlo. Ni siquiera hablar constantemente.

 

Pero más interesante que éste mecanismo, archiconocido e hiperanalizado, es el fenómeno de la indignación.

 

¿Quién es el indignado?

 

El indignado es casi siempre una persona que vive lo suficientemente bien como para poder indignarse. La indignación que siente suele estar mal canalizada.

 

El indignado que hoy arremete contra el AfD y sus votantes está confundiendo síntomas con causas.

 

(Las causas habría que buscarlas en la génesis de esa masa descontenta, a la que el indignado no pertenece).

 

Además el indignado es víctima de otro error de pensamiento. El error de pensar que alguién que no vive bien como él debería ser igualmente solidario con los extranjeros en vez de, como parece lógico una vez expuesto, indignarse y hacer algo por su propia situación.

 

En este punto el indignado parece olvidar que ante todo el ser humano es egocéntrico y todos sus juicios los hace, a veces sin ser consciente, tomando como punto de partida su propia situación. También el mismo actua y piensa así, por raro que le parezca.

 

A la vez se olvida, el indignado, de que para no caer víctima de la demagogia del oportunista del momento, es condición necesaria, aunque no suficiente, haber aprendido a pensar y a discernir, y en este país en particular, cierta masa no ha tenido la oportunidad de aprender a pensar y a discernir, por haber sido excluido, desde niño, del grupo al que se considera que vale la pena enseñar a pensar y a discernir. 

 

El indignado piensa, ingenuamente, que yendo a votar puede cambiar la situación y en este punto se parece al gobernador que confía en que una nueva burbuja inmobiliaria nos sacará de una crisis provocada por la anterior.

 

Y por último al indignado le sobra indignación para indignarse con los que no se indignan como él.

 

Dicen que la energía no se crea ni se destruye, que se transfoma... lástima de energia indignada transformada en papeleta, vaya usted a saber que ocurriría con toda esa energía transformadora de no diluirse el domingo en las hurnas.

 

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Comentarios: 1
  • #1

    Ramón (lunes, 25 septiembre 2017 14:00)

    Interesante consideración sobre la diferencia de la asimilación del pasado personal del social. También considero interesante el tema de pensar que la energía de la indignación personal se evacue en una papeleta (voto). Considero que el derecho a la palabra es más fundamental y trascendente que el voto. Considero que la democracia (una persona un voto) no es un método infalible para REDUCIR y menos para RESOLVER problemas reales. No se si vale para los virtuales o imaginativos. El ROTO tiene varios chistes relacionados con la frustración de quienes, conscientes de los problemas, se enfrentan a un papelito que es una papeleta.